Capítulo 9
¡No! ¡¡Roberto para por favor!! ¡¡Nooo mamá, papá!! No podía ayudarles, ellos estaban sufriendo, yo atada de pies y manos, no podía hacer nada, mis lágrimas caían por si solas, no podía ni parpadear solo intentaba buscar cualquier forma de poder ayudarles, pero era imposible, no había nada a mi alcance para poder cortar mis ataduras y nada para poder evitar esa locura que tenía cautivo a mi hermano.
Otro día más me desperté con lágrimas en mi rostro, a pesar de que algunos momentos de mi vida empezaban a ser buenos, me era imposible no pensar en ellos de vez en cuando. Les echaba tanto de menos, ahora solo me quedaban mis abuelos, unos padres para mí sin duda. No quiero ni imaginar por lo que hubieran tenido que pasar si también me hubieran perdido a mí.
- ¿Abuela? - Me levanté de la cama - Abueeeeela
- Dime hija.
- ¡AAAAAH! - Me giré para verla y estaba cubierta de sangre -
- No grites cariño ¿Qué te pasa? - Intentó tocarme pero me alejé de ella, no me fijé en las escaleras que tenía detrás, entonces me escurrí y rodé escaleras abajo, veía a mi abuela ahí arriba mirando cómo me caía, sin ayudarme, sin decir nada...
- Cariño, Victoria, ¡Despierta! - Mi abuela estaba zarandeándome -
- Oh, abuela. Yo...yo... - La abrace muy fuerte para notar que estaba ahí de verdad, que todo había sido una pesadilla -
- ¿Qué pasa querida? ¿Otra pesadilla?
- Sí abuela, otra de las muchas que me quedan por tener.
Me quedé sentada en la cama, pensando en Roberto, en cualquier cosa que puede estar pensando en hacer. La abuela llamó a la puerta antes de pasar, traía una bandeja con un bol de leche y un cruasán con mermelada de fresa y mantequilla, mi favorito.
- Muchas gracias abuela, no tenías por que hacerlo.
- ¿Cómo que no? Tienes que alimentarte muchacha. Bueno, cuéntame qué tal ayer con Arturo.
- Bueno pues... - Mis mejillas comenzaron a enrojecerse -
- Te lo dije, el día que lo conociste te pasó lo mismo, estas roja como un tomate, te gusta y lo sabes.
- Abuelaaa... - Dije entre risas - La verdad que sí, además ayer nos besamos...
- ¿De verdad? Me alegro un montón cariño. Espero que no te haga daño.
- Eso espero yo también.
Se levantó de la cama y me dejó desayunar tranquilamente. La verdad que estaba riquísimo. Termine de desayunar y llevé la bandeja hasta la cocina. Me dirigí al salón y salude al abuelo, estaba en su sofá de cuero negro viendo la televisión.Mi móvil comenzó a sonar, era Arturo, estaba llamándome.
- Hola guapo.
- Hola preciosa, ¿Te apetece verme?
- La duda ofende Arturo, ahora mismo voy a tu casa.
Me dirigí al garaje para coger mi bolso que estaba en el coche, pero al encender la luz me quedé petrificada al ver lo que había escrito con sangre en el capó de mi coche "Mi paciencia tiene un límite" Salí disparada a la cocina, a por un trapo y agua con jabón en un cubo, cerré la puerta y eché el pestillo, no quería que se enteraran mis abuelos, no quería que vivieran con más miedo aún. Comencé a frotar, no me cabía en la cabeza que hubiera entrado en la casa sin ser visto, cuando asesinó a Calcetines entró por el jardín, pero ahora que todo estaba cerrado no lograba entender por dónde había entrado.
Ya estaba todo limpio, decidí darme una ducha y ponerme una camiseta a rayas de color naranja y unos pantalones negros cortos. Esta vez necesitaba hablar con Arturo, la situación cada vez empeoraba más, y mi miedo estaba aumentando, en cualquier momento Roberto podría entrar en casa sin ser visto y lo que es peor, podría hacernos daño a alguno de nosotros.
Antes de cruzar la esquina de la casa de Arturo, me quedé parada escuchando una discusión telefónica que estaba teniendo.
- ¡No! Aún no, déjame un poco más de tiempo y te daré la información. Oye, tranquilízate ¿Vale? Esto no es tan fácil como parece... - Justo en el momento en que me asomé se giró hacia donde estaba yo -
- Oye tengo que colgar, adiós. Victoria ¿Qué haces?
- Oh, hola, estaba...buscando un pendiente que se me ha caído - Le sonreí -
- Vaya, ¿Te apetece que paseemos?
- Claro.
Se acercó y me besó apasionadamente, como si hiciera mucho tiempo que no nos veíamos, me cogió de la mano y comenzamos a andar. Me mataba la curiosidad, me entraba rabia el no poder saber quién era el autor o autora de la llamada. ¿Y si...? No...imposible que fuese Roberto.
Decidí no pensar más en ello, y disfruté del paseo con Arturo. Hacía una mañana estupenda, estuvimos un par de horas dando vueltas al pueblo, nos compramos un helado y entre risas y besos acabamos tumbados en un césped cercano a nuestras casas. Mientras él me decía las formas de objetos que veía con las nubes, yo le miraba embobada a sus ojos, a su sonrisa y su forma de hablar.
Brrrp brrrp...Mi móvil estaba vibrando, era la abuela.
- ¿Sí? ¿Abuela estás bien?
- Sí cariño, era por si podrías comprar el pan para esta tarde.
- Claro abuela, tranquila - Suspiré y al mismo tiempo observé como Arturo también lo hacía - Oye me tengo que ir ¿Nos vemos esta noche?
- Como quieras preciosa, tu avísame.
Se levantó y me dio un beso, agarrándome del cuello suavemente, y al despedirse me dio un abrazo muy fuerte, como si tuviese la sensación de que no nos fuéramos a ver más, como si me quisiera decir algo y no pudiese. Una sensación demasiado extraña.
Compré el pan y me dirigí a casa. La abuela había preparado una lasaña riquísima, de carne y atún. Después de comer, estuvimos jugando el abuelo y yo a las cartas, recordando viejos tiempos, aun que no todos los recuerdos eran buenos, yo me quedo con el que estaba viviendo en ese instante.
Continuará...
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